
La notoriedad alcanzada por la Inquisición española ha dejado en segundo plano
dos realidades históricas que, desde un principio, conviene tener en cuenta. La primera
de ellas es que la Inquisición no nació en nuestro país, siendo conocida antes en otros
como Italia y Francia. La segunda, que la Inquisición, en su desarrollo ulterior, tampoco
fue privativa de España ni de los países católicos. Se trata de un fenómeno producto de
la intolerancia religiosa, o de la consideración de que la herejía es un mal que conviene
extirpar, que adoptó formas distintas según cuáles fueran, en cada caso, los patrones de
la ortodoxia, y también según los lugares y los tiempos. La esencia de la actividad
inquisitorial reside en la represión de los disidentes, por lo que, junto a la religiosa,
también cabría hablar extensivamente de una Inquisición política, o de cualquier otra
aplicada a vigilar y castigar, en los diversos sectores de la actividad social, a quienes no
se ajustan al modelo de creencias y conducta previamente establecido.
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