Escribía Borges, en su cuento Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, que «cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es». Sospecho que a todos se nos brinda ese momento en algún pasaje de nuestra vida; pero no siempre acertamos a distinguirlo, y con frecuencia nos morimos sin saber quiénes somos verdaderamente, sepultados entre una hojarasca de convenciones sociales y sobornos admitidos. Algunas personas tienen la desgracia de descubrir quiénes son de forma traumática: el día en que se quedan sin trabajo, el día en que entierran a una persona muy querida o sufren una traición, el día en que les diagnostican una enfermedad incurable. Otras, por el contrario, tienen la fortuna de saber quiénes son de forma jubilosa: el día en que alumbran una nueva vida, el día en que al fin se liberan de una carga opresora, el día en que cambia su suerte y pueden desprenderse de los simulacros y servidumbres que atenazaban sus días. Las más de las veces, ese «momento de la verdad» se produce en nuestras postrimerías: de repente, ante la muerte igualadora, todas las máscaras caen y asumimos al fin —a veces con serenidad, a veces con angustia— lo que somos.









