El almanaque constituye uno de los objetos tipográficos más
ampliamente difundidos durante la Edad Moderna en Europa,
solo superado por la literatura religiosa (Lüsebrink, 2000,
47). En el setecientos, sus niveles de producción aumentan, al
tiempo que los contenidos ofertados se diversifican. En consecuencia,
aparecen múltiples modelos que amplían la base
astronómico-astrológica que hasta ese momento había constituido
la osatura del pronóstico en sus formas más simples:
calendarios murales y lunarios, así como almanaques de tipo
“básico”, compuestos por el discurso general del año, las secciones
breves fijas1 y los cuartos de Luna (Durán López, 2015,
15-29).
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